
Tránsito de la muchedumbre. Eres empujado por todos, entonces tropiezas y caes al abismo público. Sientes dolor pero nadie tiene la compasión de bajar la mirada al suelo y tenderte la mano. Es entonces cuando, a pesar del sufrimiento, haces un gran esfuerzo por levantarte. Observas a tu alrededor sombras y más sombras. Te apresuras por ir a contracorriente del curso humano. Pero no, ellos te incitan a la supervivencia. Y no quieres. Debes ser el mejor, debes hacer daño al prójimo. Debes contribuir al capitalismo. Debes no tener personalidad ni sentimiento alguno. Solo has de consumir y tu única motivación es el fin por el cual justificas los medios.
Aquellos que no seguimos el cánon y la línea perfecta y única, somos solventados por las exigencias y el dolor.
Somos seres desidiosos, impasibles. Espíritus errantes. Condoliencias desvalidas.
Y nuestra única compañía, el desamparo.
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