miércoles, 22 de diciembre de 2010


Cada día me apresuraba para verte tras el ténue cristal de aquella cafetería como inspirabas el humo del cigarrillo al mismo tiempo que posabas en tus sutiles y perfectas manos el café mañanero. Es entoncés cuando abandonabas el local y aparecía ante tus ojos con una amplia sonrisa deseándote los buenos días. Subíamos la pequeña empinada callejuela. Y es cuando nos despedíamos. Día tras día. Cada vez sentía la impetuosa necesidad de verte más. Siempre estaba por los pasillos escuchándote y cada palabra tuya se me quedaba grabada en el pecho. Te había perdido una vez, y aunque era lo mínimo que podía hacer me esforzaba cada mañana por buscarte entre la muchedumbre con el único fin de dedicarme tu sonrisa.


Hasta que, un día no te ví tras los cristales. El asiento vacío. Corrí hacia la cima con todas mis fuerzas y tampoco estabas. Mañana tras mañana. Año tras año. Un asiento intacto, un hueco vacío en mi corazón. Y te ví una última vez. Te ibas para siempre. Me contuve el llanto y solo pude decirte. Te echaré de menos. Todo se esombreció. Ocuparon tu asiento, ocuparon tu lugar pero jamás te ocuparon en mi máquina. Y aún en las arduras penas te necesito, como la vida necesita la luz...

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