viernes, 17 de diciembre de 2010


Imágenes pasaron sobre mi cabeza a un ritmo incontrolable. Era un abismal fotograma de cada segundo que pasé en mi vida. Entonces apareció mi lazarillo que intentó detenerme y convencerme que no debía de hacerlo. Ya era demasiado tarde. Había tomado la dura decisión de desaparecer en este mundo y volver a renacer entre las cenizas del más profundo abismo del olvido. El ritmo cardiaco se incrementó de manera brusca. Entonces apoyé con un gran pavor las suela de mis zapatos a la barandilla y me alcé como nunca lo había hecho. Observé como me miraba y sollozaba y articulaba palabras que jamás volví a oir. Extendí las manos hacia el horizonte y fue mi manera de despedirme del mundo. Cerré mis ojos fuertemente. Entonces me sumergí en las profundidades de mis entrañas y volé.

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