lunes, 20 de diciembre de 2010


Abro sutilmente mis párpados y contemplo un nuevo amanecer, nítido tras la pasada tempestad. Me asomo por la ventana y dejo ventilar mi oscuro y encerrado cuarto por la luz irradiante y cálida de un soledado diciembre. Rápidamente, me incorporo al desordenado escritorio, tomo la pluma y comienzo a escribirte amor mio...


Eres el único que me transforma en inmaculados fragmentos, cada sonrisa efusiva es un nuevo comienzo, una nueva alegría un esplendor, nuestro esplendor. Aquellas muestras de nerviosismo en mi solo consiguen ser contrarectadas por tu intensa mirada. Cuando mi blanquezino tegumento es enrojecido por ti, cruel disyuntiva y cúmulo de emociones... ¡Solo por tí merezco vivir!

Cuando paseamos bajo la lluvia, juntos, unidos por los lazos perdurables de nuestro enlace... ¡Todo se desvaneció!


Cuando quiero recordar las pasadas vivencias siento la ardura amnesia de un olvido forzado, doloroso y sellado con amargas lágrimas.

¿Y eso fue realmente lo que quise? No me reconozco en absoluto. Cuando rozas mi mano involuntariamente no noto la aceleración de mis latidos, cuando en un pasado tal vez olvidado deseaba ansiosamente sentirte lentamente... ¿Cómo podemos pasar del amor a la indiferencia a pasos colosales?


Y me pregunto, ¿de verdad te amé?


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