domingo, 28 de noviembre de 2010


Cesó la lluvía. Me detuvo un taxi que insistía en llevarme a casa debido a que estaba empapada. Cedí aunque frunciendo el ceño. Adoraba pasear bajo la lluvia. Llegamos a la ensombrecida callejuela donde se ubicaba el piso. La luz era muy leve, por lo que la sensación que producía el hecho de pasar por allí era un gran pavor. Estaba presionando el picaporte cuando, de repente apareció la figura de un hombre esbelto. Era él. Su cabello, tan lacio y aterciopelado, de un matiz aúreo, sus ojos tan expresivos y pardos, su boca tan sutil cual carmín, su atuendo tan desaliñado y bohemio y su pequeña perilla tan característica e intrínseca. Me quedé perpleja. Fue un rapidísimo contacto visual pero suficiente para acelerar mis latidos. Pensé que jamás volvería a verle debido a que hacía días que no paseaba por la calle. Entonces el saber que seguía viviendo enfrente mía me sumió en la más profunda complaciencia.


Pero aquellas ilusiones se desquebrajaron cuando, apareció una hermosa mujer morena de labios rubicundos a su lado. No podía creerlo, me negaba la existencia de que era real. Entonces apresuradamente saqué de mi bolso las llaves y mientras abría la costosa cerradura del portón contemplaba como ambos se adentraban en su casa...

Y lloré. Lloré por impotencia. Y me maldecí. Era un amor imposible, La diferencia de años era colosal... pero me dije ami misma. Esto no es un final.

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