
Te ví entre una nublada ensoñación, sombra enigmática. Intenté entreabir mis párpados pero estos me los impedían. Mi cuerpo estaba totalmente paralizado y angustiadamente, quería liberarme. Te susurré palabras que ni siquiera pude sintetizar y entender hasta que un gran esfuerzo me dejó articularte: No te vayas...
Me sumí en mis inusitados sueños en los que aparecías con una peculiar mirada y una inescrutable sonrisa que jamás llegué a indagar que intentaba trasmitirme: si alegría o tristeza.
Un rayo de luz penetró por aquel tenebroso cuarto, enclareciendo su interior, y me desperté en el primer halo que me arrulló el rostro completamente. Me incorporé rápidamente y grité tu nombre. No obtuve respuesta alguna. Tan solo el eco del vacío. Entonces fue cuando resbalaron las transparentes lágrimas que jamás fueron consoladas, un corazón violentamente agitado, un despecho que inundaba todo mi ser y mi compañera, la soledad.
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