Entonces le observaba enardecinamente, con una inmensa indagación que corrompía mi entidad viva. Y allí se encontraba cual efige petrificada esperando algo incomprensible para mi mente, en el mismo lugar donde nos conocimos por primera y quizás última vez. Se emergió ante mis ojos recuerdos esparcidos por un pasado remoto, olvidado e irrecuperable. Sentí una gran empatía evocando cada gesto suyo como si fuese el final.
Su rostro tan pulcro y macilento era la alegoría del pudor. Sus ojos índigos e insondables como el propio piélago, sus labios tan carnosos cual carmín, su sonrisa tan perfecta y apacible me sumía en la más profunda complaciencia cuando me la dedicaba. Sus cabellos, ondulados y aúreos que resplandecían como halos de la luz.
Su figura, delicada y a la vez vigorosa, alzada media, y en definitiva, todo el conjunto era pura armonía, obra de una esencia celestial.
Jamás creí en la perfección, pero él la excepción.
Dotado de un temperamento plácido, valeroso, zalamero, y amante de todas las cosas. Todo aquello estaba corrompido por un cerco enigmático que le embriagaba y dudaba de que todo fuera real o una simple y farisea ensoñación producto de mi atolondrada imaginación.
Pues él se alzaba en el resplandor divino, extendía sus transparentes alas y surcaba los cianes firmamentos adornados con níveos y esponjosos cúmulos, cual ave migratoria en busca de la comformidad con el pleno ser. Era mi lazarillo, y hacía todo lo posible por lograr hacerme feliz, incluso hasta tal punto de entregarse ante la muerte.
Era la razón por la que sentía una profunda pasión, hasta tal punto de pensar que estaba en una ensoñación. Nadie podía negármelo. Todo se desvaneció.
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